domingo, 18 de abril de 2010

-Thinking-

Las lágrimas de Benedicto.


Cuán grande es la herida, que el máximo jerarca de la Iglesia católica pidió perdón mientras en su rostro corrían unas lágrimas que pasaron lento pero llegaron tarde. Por fin después de medio siglo de oídos sordos al Vaticano no le queda otra que enfrentar sus pecados. Los de cientos de curas alrededor del mundo que durante años abusaron de su sotana y de la confianza de cientos de familias católicas que veían en ellos un guía espiritual y al mejor aliado para educar lo que más amaban, sus hijos. Que lejos estaban de pensar que tras la sotana y ese discurso de pureza y espiritualidad se escondían bestias depredadoras que se saciaban con cuerpos que sólo una mente enferma puede calificar de eróticos.


Sí esos curas son unos enfermos. No tienen perdón. Sus abusos son de una magnitud escalofriante. Pero ellos, no son todos los culpables. Hay más. No los olvidemos. Hacerlo es quedarnos a medias. Detrás de esos enfermos que se erotizaban con miles de niños católicos. Que los sometían a los más detestables actos sexuales hay una Institución que lo permitió. Que se quedo callada y sorda. Que les dio la espalda a las víctimas y no sólo eso, permitió que miles de niños más siguieran cayendo en las manos enfermas de los curas pederastas. Detrás de Maciel, estaba un Vaticano sometido y hasta complaciente que le permitió todas sus barbaridades. Maciel era un enfermo sexual de la peor clase, pero todo el horror que causó no habría sido posible sin un Juan Pablo II solapador y protector. Sin un Ratzinger que emprendió una campaña de silencio y castigaba a aquellos que se atrevían a poner el dedo sobre la llaga.

La BBC de Londres sacó al aire un documental donde Cole O ´gorman narraba la manera en que un cura lo obligaba a hacerle sexo oral. Es escalofriante. La victima cuenta que el sacerdote lo penetró sin parar por casi media hora. Es insoportable tan sólo el escucharlo. Casi todo el mundo reaccionaría ante esa narración. Algunas personas llorarían, otras buscarían castigar a ese animal. Antes de narrar su experiencia a la BBC, lo hizo ante un sacerdote que investigaba casos de abusos a niños por todo el mundo, después lo presento ante el Cardenal Ratzinger.

Ratzinger no sólo leyó la historia de O ‘gorman sino la de cientos de niños más. Las pruebas eran contundentes. Ratzinger y Juan Pablo II no mostraron la más mínima compasión ante las víctimas, al contrario las intimidaron y las callaron. Hoy Benedicto llora como lo hicieron miles de niños que se enfrentaron a una situación que jamás debieron haber vivido. Años atrás Benedicto pudo haber evitado el llanto de cientos de niños, quizás miles. Pudo, pero no quiso. Decidió proteger otros intereses. Les dio la espalda. Permitió que fueran penetrados y obligados a hacer actos que destruyeron sus vidas. Esos niños católicos sufrieron un dolor impensable. Pudieron haber hecho un mar de lágrimas y Benedicto lo permitió. Les dio la espalda. Nunca los tocó pero su silencio y su desprecio fue igual de doloroso, igual de asqueroso. Ahora Benedicto llora. Que bueno. Ojalá sufriera y ojalá llorara tanto para alcanzar el dolor y las lágrimas de esos niños católicos a los que él debió proteger. Llora Benedicto, llora. Todas tus lágrimas son una deuda que jamás terminarás de pagar.

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